jueves, 16 de abril de 2009

Se nos va la vida en un domingo de junio... (asi parece)

Hace unas semanas, la sociedad Argentina vivió la despedida del ultimo gran líder político del Siglo XX.
La casualidad hizo que, justo en esa época, gobernara su país, ese por el que tanto lucho, un grupo de personajes alejados de los ideales democráticos e carentes de respeto de las instituciones. Eran todo lo contrario a lo que representaba Raúl Ricardo Alfonsin.
El desprecio a las instituciones de ese grupo se ve reflejado en la idea del ex Presidente en funciones, Néstor Kirchner, de plebiscitar todos los mandatos, ordenando a gobernadores e intendentes a ser candidatos –ya sea como diputados o concejales- por sus distritos, confirmando su carente espíritu democrático y respeto por las autoridades.
Algunos intendentes y gobernadores, como la mismísima Presidenta, han sido elegidos hace 2 años y no debemos tomar esta elección como un plebiscito que defina su continuidad o no en el cargo. La presidenta debe terminar su mandato, pero también es cierto que debe modificar actitudes y cambiar el rumbo.
Luego de un análisis profundo de la situación, quedan planteadas algunas dudas: Si el gobierno pierde las elecciones y, por ende la mayoría en el congreso, ¿tendremos 6 meses de leyes aprobadas a gusto y placer del matrimonio K? Elegidos 6 meses antes de su asunción ¿tendremos un Congreso paralelo funcionando? Ante una eventual derrota ¿cómo actuará el gobierno, con más autoritarismo o entendiendo el mensaje de las urnas y cambiando actitudes?.
La única certeza es la realidad y esta nos indica que estamos frente a un escenario electoral que, aún llamando al Chavo del 8 para encabezar la lista en la provincia, marcara una derrota del kirchnerismo en el interior del país.
El gobierno, una vez mas, se olvida del federalismo y apunta los cañones al conurbano bonaerense como si fuera el centro del Universo. Nuevamente se olvidan de que el interior también existe y, quizás de nuevo, les termine costando una derrota.
Mientras tanto, no debemos perder de vista la creación de un proyecto de país, el cuidado de la salud, la educación, el fomento de la democracia, el respeto por las instituciones y la protección a los desposeídos.

AHORA MAS QUE NUNCA, LA UNION NACIONAL.

jueves, 26 de marzo de 2009

Hacia el Proyecto Nacional

Nuestra nación cumplió el año pasado 25 años de democracia ininterrumpida, por cierto el periodo más largo de su historia desde la vigencia de la Ley Sáenz Peña.
Estos 25 años muestran una maduración social en lo referido a la desaparición del Partido Militar como elemento al que se recurría cuando las cosas no andan bien.
Quizás todavía no hemos tomado conciencia de la importancia del voto universal, secreto y obligatorio. No sabemos que con el podemos aprobar o desaprobar gestiones y pedir cambios de modelo y de rumbos de un gobierno. VOTAR NO ES CUMPLIR.
La política y los políticos argentinos aun no han logrado una maduración definitiva que nos permita salir de tanta mediocridad reinante.
Los constantes avasallamientos a las instituciones y las jugadas políticas en busca de beneficios personales, sin importar pautas, leyes o artículos constitucionales, han terminado alejando a la sociedad de la política y a la política de la sociedad.
Este cuadro se ve profundizado cuando, a través del gobierno, se plantean antinomias y divisiones que son propias de otras épocas que la sociedad argentina vivió y no quiere volver a repetir.
El deterioro se profundiza cuando desde el gobierno, por beneficios personales mezquinos, se adelantan elecciones, no se escuchan las voces del pueblo, se toman decisiones autoritarias y los funcionarios se transforman en autistas.
La política y la sociedad argentina necesitan lograr juntos la madurez democrática definitiva que nos lleve a la realización de un gran proyecto nacional de largo plazo del que todos podamos ser participes.
Debemos tener en claro que hay épocas negras de nuestra historia a las que ya les dijimos NUNCA MAS.
Llego el momento de dejar de lado las diferencias y trabajar por la justicia, la libertad y la igualdad social que tanto reclamamos.


Jorge Kehiayan

viernes, 13 de marzo de 2009

el peronismo no pasa la prueba de la memoria.

Por Alvaro Abos

Ireneo Funes era un muchacho de Fray Bentos, dotado de una memoria prodigiosa. Si para la mayoría de las personas la amnesia es un grave peligro, pues prenuncia la decadencia vital, para Funes la amnesia hubiera sido una bendición. La memoria, Funes la padecía "como un vaciadero de basura". Recordaba sin cesar cada dolor, cada decepción . "Discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción; de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad." No tenía el consuelo del olvido, el pobre Funes, ni siquiera durante ese benévolo paréntesis que es el sueño.

Traigo a colación el personaje inventado hace sesenta y cinco años por Jorge Luis Borges en el cuento Funes el memorioso ante la ronda de candidaturas y posibles alianzas para las elecciones de octubre. Ese desfile puede convertirse en una pesadilla para quienes, sin llegar, ni mucho menos, a la memoria inclemente de Funes, tampoco hemos caído en la amnesia.

¿Cómo olvidar qué han hecho en los últimos años la mayoría de los hombres sobre cuyas reuniones y proyectos la prensa nos ilustra en detalle? Eduardo Duhalde, Carlos Reutemann, Daniel Scioli, Luis Barrionuevo, Felipe Solá, Néstor Kirchner. Protagonistas de los hechos que en los últimos 25 años han conducido a este presente poco auspicioso de la Argentina.

Son el peronismo realmente existente. Una sombra de lo que alguna vez fue un poderoso movimiento social, que expresó fuerzas nuevas y encarnó cambios históricos. Hoy, es el Gran Partido Oficial, una Nomenklatura, una liga de barones con canonjías inmutables, que repiten eternas rencillas y distanciamientos a los que siguen eternas reconciliaciones. Se me dirá: es injusto medir a tantos nombres con la misma vara. ¿Acaso no hay diferencias entre ellos?

Sin duda que las hay, pero, si se mira la política argentina con un mínimo de perspectiva, no puede negarse que todos esos nombres provienen de un tronco común. Es el peronismo posterior a la dictadura militar, adaptado a las normas democráticas que, desde comienzos de la década de los ochenta del siglo XX, imperan en el mundo y en América latina. Ese tronco tiene una genealogía: todos los reyes, reinas y alféreces peronistas que juegan hoy en el tablero fueron peones de Carlos Menem, el político que instaló al partido peronista en el poder, un lugar que desde 1989 ocupa con muy fugaces intermitencias.

No es necesario ser un Funes para recordarlos. Eduardo Duhalde fue, durante muchos de los diez años en los que Menem ejerció el poder, el delfín del riojano. Que luego Duhalde haya incurrido en el juego de la traición (ese que el peronismo practica de manera casi genética) a Menem (o viceversa) no atenúa dicha verdad. Eduardo Duhalde es hijo político de Carlos Menem. Felipe Solá fue ministro de Menem; Kirchner fue gobernador de Menem; Reutemann fue llevado a la política por Menem y llegó a la casa de gobierno de Santa Fe de la Veracruz de la mano de Carlos Menem. ¿Acaso puede decirse otra cosa de Carlos Ruckauf, de cada uno de los Rodríguez Saá y de José Manuel de la Sota, para citar a los barones en activo, o de otros caciques hoy en retiro, como José Luis Manzano y Carlos Grosso? Y los supuestos portadores de sangre nueva, como el gobernador Scioli, ¿acaso no fueron aportes a la política que también debemos a Menem, especialista en atraer hacia el poder a figuras de la farándula y el deporte?

A nadie puede negársele el derecho de renovarse, de cambiar, de evolucionar. En una historia tan agitada como la argentina contemporánea, no hay inocentes, salvo que se haya nacido en probeta. Por otra parte, hay ya varias generaciones de argentinos que no han conocido más horizonte que las internas peronistas. Quien tiene menos de 40 años -y hasta podría decir menos de 45- no ha visto otra cosa que ese predominio y los esfuerzos titánicos y frustrados del no peronismo para reemplazarlo.

Pero, en tal caso, una mirada crítica ha de interrogar a esas "nuevas" figuras sobre su relación con los patrones genéticos menemistas, toda vez que ello tiene que ver con los problemas que hoy mismo afligen al país.

Lo que recalco es la hipocresía de quienes, inevitablemente, provienen de ese tronco, a cuyos valores, por fuerza, adhirieron, pero que se travisten con identidades diversas para favorecerse con la amnesia contemporánea.

El travestismo es fácilmente detectable. La marca de fábrica del peronismo realmente existente es el predominio de la reproducción infinita del poder. La confrontación entre los barones peronistas contiene siempre, como el fruto a su carozo, la fidelidad a ese mandamiento que reza: "Lo importante es el poder, a cualquier costo".

La alharaca de los conflictos intraperonistas a veces parece ocultar ese núcleo vital. La descendencia que el peronismo genera sin cesar viene, con frecuencia, disfrazada de antagonismo. Lo que acabo de escribir le viene como anillo al dedo a Néstor Kirchner, pero es aplicable a sus antiguos acólitos, esos que hoy se están convirtiendo en sus nuevos cuestionadores.

En un espacio que parecía distinto, parece reproducirse ese rasgo con el que el peronismo infinito contamina incluso a aquellos que por cronología o ideología se dicen lejanos a él. Gabriela Michetti fue elegida para ejercer un cargo de la Ciudad de Buenos Aires. Si renuncia a dicha función para postularse como legisladora, opta por el internismo. Se alega que el Pro la necesita otra vez como candidata, y ella "se sacrifica" porque "el partido no tiene otra personalidad conocida". Pero si los ciudadanos la han votado, debe trabajar en el gobierno del que forma parte y desplegar allí la energía civil que la sociedad creyó ver en la candidata. Si su partido tiene o no personalidades electoralmente idóneas, es un problema de su partido, no de la sociedad a la que hoy Gabriela Michetti representa. En este caso, la impaciencia es la contracara de la amnesia. Aún más inexplicable es lo de Felipe Solá, de quien se dice que renunciaría a la banca de diputado, que ya ocupa, para postularse como candidato... ¡a diputado!

¡Qué difícil es concebir la función pública como sencillo servicio a la comunidad! Un cargo representativo es un "encargo" concreto y específico. Sólo en segundo lugar debería ser peldaño o eslabón para una carrera política personal.

¡Ya no hay Funes! El vertiginoso presente, con su salvaje catarata de sobreinformación, abrumaría hasta el privilegiado cerebro inventado por Borges. Pero los políticos tampoco deben menospreciar la memoria de sus representados. Algo recordamos, todavía.

martes, 3 de marzo de 2009

el trampolin esta mojado (te podes resbalar)

Como lo hago habitualmente, me dispuse a viajar en la línea 118 desde san Cristóbal hasta recoleta. Era la primera vez que iba a viajar con la doble mano de Pueyrredon. Antes el viaje duraba entre 30 y 35 minutos. Ahora con el congestionamiento que se produce en las adyacencias de la avenida tardo 1 hora ( y ni hablar si alguna vez se siguen las obras de la línea H de subte).
Esto me hizo pensar en la “gestión” del Ing. Macri, que con su proyección cortoplacista no parece darse cuenta que está al frente de la ciudad de Buenos Aires.
Luego de escuchar su discurso en la legislatura, en donde el Ing. no hizo mención ni a seguridad, ni educación, ni salud, pero sí hizo mención a la poda de árboles, restauración de veredas, asfaltado de calles, etc. me termino de redondear la idea de que al jefe de gobierno le falta visión estratégica y no utiliza el poder del estado para amalgamar a la sociedad que le toca gobernar.
ESTARIA BUENO que los habitantes de la ciudad además de caminar por calles limpias y arregladas, que los autos anden por calles asfaltadas, como debería ser la preocupación de cualquier delegado de cgp, los porteños NO tengamos que ir a las 4 de la mañana a un hospital público a buscar un turno y que nuestros chicos tengan los 180 días de clase, que no sufran frio en sus escuelas, y que no se desordene mas el transito.
También sería interesante tener un jefe de gobierno que tenga una visión mas amplia que su periodo gubernamental, sin sospechas de demagogia. Las obras son muy lindas, pero no solucionan los problemas de fondo, que son mas graves y con lamentables consecuencias en el futuro post Macri.
Pero esto es demasiado pedir para un candidato que solo quiere de nuestra ciudad un trampolín para llegar a la presidencia, por ende no interesan los proyectos de ciudad a largo plazo, ni interesan los problemas de años que arrastramos los porteños.

Jorge Kehiayan

martes, 24 de febrero de 2009

Naufragando... cada vez mas cerca de la orilla

Definitivamente el gobierno nacional no aprendió de los golpes que se dio en este año y monedas del mandato cristinista, sigue dando claras muestras de autismo, arrogancia y soberbia (característica principal del matrimonio presidencial).
El dilatado conflicto entre el agro y nuestros gobernantes no hace mas que demostrar que no hay intención de dialogo, no hay intención de subsanar errores; Pero lo que si demuestra, es la incapacidad de reflexión y autocrítica que tiene el matrimonio.
El ninguneo a la figura del Vice-presidente con la reciente retirada de granaderos de yapeyú (lugar que Cobos visitara) y el envió al mejor estilo “paquete” del vice a Europa justo en época de apertura de sesiones legislativas, terminan por agrandar una figura que no merece mas espacio que el que tiene.
Seguramente el mes de octubre marque un punto de inflexión en la vida gubernamental, cambios legislativos y cambios sociales esperan poder empezar a abrir un gobierno, haciéndole ver que llego el momento de gobernar con todos y consensuar políticas para que el país salga nuevamente adelante. Solo estos cambios pueden hacerlo, pero si el gobierno no toma nota de todos los traspiés y no comprende la situación, difícilmente se pueda llegar a esos puntos de acuerdo a donde la Argentina debe llegar para su bicentenario.
En las próximas elecciones quizás se le diga basta a una manera de hacer política, a una manera de manejar los destinos del país, que vemos no lleva a ningún lugar mas que el aislamiento, la soledad y el encierro de sus protagonistas.
Las elecciones del mes de octubre tienen que determinar el próximo proyecto de país que queremos los argentinos. Después de todo de eso se trata, de PENSAR UN PAIS.

Jorge kehiayan

martes, 17 de febrero de 2009

Una constelación se esconde, otras se asoman...

Está siendo larga la noche kirchnerista.

Aunque más corta que "los 90", quienes sufrimos en aquel momento lo que nos parecía un retroceso institucional mayor y un retorno a las deformaciones populistas de la democracia no imaginamos que todavía faltaban estos años en que el populismo se enseñorease tanto en los hábitos políticos al punto de pasar por encima de los principios fundamentales de la propia democracia.

En aquellos años de fuertes debates y grandes transformaciones, muchas cosas se hicieron –buenas y malas- que sacudieron la siesta provinciana de un país sometido a las corporaciones.

Dos, sin embargo, dejarían un signo amargo: la desprotección de los ciudadanos frente al poder económico –en el corto plazo- y uno más negativo en el diseño de la sociedad que vendría: la desarticulación del sistema educativo, que prefiguraría la sociedad disgregada que hoy sufrimos.

Pero hay que retroceder mucho en la historia para recordar algún período de latrocinios, desprecio institucional, negación del federalismo, burla al parlamento, sumisión de la justicia, humillación al ciudadano que piense diferente, saqueo generalizado de los fondos públicos y privados, impunidad para los delitos, desguarnecimiento de la seguridad ciudadana, crecimiento de la pobreza estructural –a pesar de los cinco años más favorables para la Argentina en el último siglo-, control perverso de la prensa, asfixia extorsiva a la producción independiente y a la economía libre, ahogo fiscal y persecusión policíaca a empresas y empresarios que no se humillen frente a la camarilla del poder, usurpación de las propias funciones del poder institucional por una persona que no tiene legitimidad ni representación política alguna, distribución discrecional de los fondos públicos a políticos alineados y empresarios amigos, desmantelamiento de los restos de la educación pública, desarticulación de la defensa nacional, ridículo internacional y aislamiento planetario, frivolización del poder y a la vez, desprecio por las obligaciones éticas que su ejercicio impone... en fin, demasiados vicios que han tenido, quizás como única contrapartida positiva, forzar a quienes tienen todavía algún reflejo democrático y extrañan los valores del país republicano a ampliar sus márgenes de tolerancia recíproca, buscando construir los cimientos de lo que vendrá.

Afortunadamente, la estrella del kirchnerato se está inclinando en el horizonte y en algún tiempo, que ojalá sea más cercano que lejano, será historia, con sus ejecutores respondiendo ante la justicia libre de un país soberano por sus actos ilícitos.

En el otro horizonte comienzan a aparecer las nuevas estrellas, que dibujarán las nuevas constelaciones. Los más firmes en sus reclamos institucionales y democráticos, que alguna vez en la historia se expresaron a través del viejo radicalismo y hoy conforman un abanico de afectos e historias diferentes están construyendo su acercamiento, junto a otros argentinos que, mirando a los años que vienen, están convencidos de la necesidad de ubicar a nuestra patria en el paradigma del cambio planetario.

En otro espacio, quienes prefieren hacer gala de sus "experiencias de gestión" pero comprenden que el nuevo mundo no deja lugar para el paroxismo populista extremo, buscan su acercamiento también en el marco de la reconstrucción de una Argentina republicana.

Las "grandes bases" de un país con dos fuerzas políticas modernas, en plena aptitud y creciente actitud de recíproca tolerancia en el juego institucional van insinuándose como el juego maduro del país de relevo. No será un alineamiento de "izquierdas y derechas", como el siglo XX no mostró un alineamiento de los viejos "unitarios y federales" del siglo XIX. Será un nuevo camino, con nuevas opciones, que competirán para ofrecer a los ciudadanos la forma más eficaz de solucionar sus problemas.

En ambas formaciones habrá viejos exponentes de las izquierdas y derechas del siglo que murió, como había antiguos unitarios y federales en las filas radicales y conservadoras, al comenzar el siglo XX. Los nuevos tiempos construirán, para posibilitar el juego de la democracia cuyas reglas se fueron depurando en dos mil años de historia, opciones políticas que buscarán su legitimidad con su acción.

En ambos conglomerados –algunos- y en el medio –otros- estamos quienes, quizás por haber vivido intensamente estas densas últimas décadas de reconstrucción democrática, seguimos bregando por la culminación del "proyecto 83", que liderara Alfonsín con la bandera de la Constitución y el Preámbulo convertido en oración cívica. Quienes creemos que el país necesita completar su ingreso a la modernidad -o sea, al estado de derecho- para poder levantar velas y comenzar su avance portentoso en un mundo –y en una sociedad argentina- crecientemente cosmopolitas.

Las diferentes visiones no debilitan sino que fortalecen la democracia, porque legitiman la representación al acercarla al enorme colorido de las diferentes visiones del pensamiento, pero para que ello efectivamente ocurra es imprescindible que la democracia funcione. Y ante esta posibilidad que se insinúa de las nuevas fuerzas en formación, la actitud responsable es cuidarla con prudencia, delicadeza, sensatez y tolerancia recíproca.

Es el servicio que la nación espera de aquellos a quienes tocó en suerte la responsabilidad de encausar la democracia, luego de tantas décadas de ausencia. "Por cien años más", enmarcando la convivencia de todos quienes integramos el país que empezó en mayo, hace casi doscientos años. Es mucho más importante que fabricar internas, endurecer los codos o amañar pícaros acuerdos evitando la consulta para integrar alguna lista, o inventar ingeniosas descalificaciones que debiliten a los necesarios socios en la reconstrucción.

No podemos ignorar que antes de terminar de eclipsarse en el horizonte para siempre, la pequeña pero sumamente dañina constelación "K" todavía está en condiciones de profundizar su daño.

Debemos evitar que ese daño altere la construcción de la convivencia que viene, plural, abierta, creativa, democrática, solidaria, libre. En las verdaderas antípodas del ciclo que se muere.

Ricardo Lafferriere


pd: agradecemos a ricardo la posibilidad de reproducir su nota. GRACIAS RICARDO!!

viernes, 23 de enero de 2009

Nuevo Americanismo

Quizás al final de las cuentas este siglo, el XXI, sí será americano, la American century proclamada en 1997 por un nutrido grupo de neocons, entre los que se hallaba la flor y nata del futuro Gobierno de George W. Bush, que creó incluso una asociación para conseguirlo. Lo intentaron por la fuerza bruta, el desprecio a los países amigos y aliados y la vulneración de los principios fundacionales de la nación americana, con los resultados que se conocen: nunca Estados Unidos llegó tan lejos en desprestigio y en pérdida de autoridad e influencia. Si se consigue, será por el camino diametralmente opuesto, proclamado el martes en el discurso inaugural de Barack Obama e incluso demostrado como ejercicio práctico de ciudadanía por unos fastos y ceremonias que se han seguido con pasmo y regocijo desde todo el mundo.
El poder inteligente puede dar a EE UU la autoridad que los ‘neocons’ buscaron por peores medios
Quizás sea verdad esa sentencia horrible acerca de los nubarrones que tenemos encima, que hace falta que las cosas vayan peor para que luego vayan mejor, pues ésta sería la lección impartida por la historia con la calamitosa presidencia que ahora termina. A partir de tres desastres históricos se levanta la nueva: el carpetazo a los ocho años de Bush, el agotamiento del capitalismo financiero voraz e irracional de la era de Reagan y la superación ejemplar de la lacra racista que arrastraba la gran democracia americana desde su fundación. El ex presidente de Rusia, actual primer ministro y de nuevo presidente in pectore Vladímir Putin, está entre quienes lo ven exactamente al revés, al estilo de José María Aznar, cuando predica que el exotismo que significa Obama acarreará un desastre económico. Putin está “convencido de que las mayores decepciones nacen de grandes esperanzas”, aunque la única demostración que se deduce es exactamente la contraria: de la gran decepción de Bush ha nacido la gran esperanza de Obama.
Éste representa, en todo caso, un nuevo americanismo, que significa una demostración de confianza en la capacidad de su país para salir de la crisis y volver a liderar el mundo. Los valores que reivindica, obviamente, son los de siempre, los fundacionales -”todos somos iguales, todos somos libres y todos merecemos una oportunidad de buscar toda la felicidad que nos sea posible”-, que su elección como presidente actualiza en contraste con las frustraciones de la historia estadounidense. Pero los métodos son distintos: “Nuestro poder crece mediante su uso prudente; nuestra seguridad nace de la justicia de nuestra causa, la fuerza de nuestro ejemplo y la moderación que deriva de la humildad y la contención”.
EE UU es todavía “una nación joven”, capaz de recuperarse después de una tremenda caída y de reinventarse de nuevo, con una energía que todo el mundo envidia. La jornada de la inauguración ha proporcionado un espectáculo de unidad nacional y de consenso moral insólito en el mundo de hoy, en cualquiera de sus continentes, y no es extraño que se haya producido en el momento en que la minoría fundacional afroamericana ha conseguido que uno de los suyos encarne la soberanía nacional. Michelle Obama dijo durante la campaña, en un momento no del todo conveniente, que “por primera vez se sentía orgullosa de ser americana”. Su frase se convirtió en un proyectil contra su marido, pero encierra una verdad que el martes emergió en toda su dimensión histórica.
Durante la campaña, desde los cuarteles conservadores, se lanzó la insidia de que votar a Obama era optar por un presidente para la decadencia, cuando todo está indicando lo contrario. En vez de seguir con la agonía neocon y bushista, EE UU ha apostado por una América que vuelve a situarse en cabeza de todo, empezando por su capacidad de renovación y de entusiasmo, por el regreso de la política y de la voluntad ejemplarizante. El mensaje de Obama enlaza directamente con la ilusión primigenia de la Revolución Americana, aquella hermana más inteligente y pacífica de la Revolución Francesa: “Sabed que Estados Unidos es amigo de todas las naciones y todos los hombres, mujeres y niños que buscan paz y dignidad, y que estamos dispuestos a asumir de nuevo el liderazgo”.
Independientemente de los resultados que obtenga, esta propuesta de un nuevo americanismo resuena positivamente en todo el mundo. Es la superación del EE UU de la guerra fría, que se alió con las dictaduras de Franco, Salazar y los coroneles griegos y favoreció el golpismo en América Latina. Quiere ser también la superación, más difícil, de la América de la transición del siglo XXI, que siguió aliada con dictaduras árabes y asiáticas en nombre de los intereses económicos primero y de la lucha contra el terrorismo después. Veremos cómo declina en la práctica el complejo axioma que declara “falso que haya que elegir entre nuestra seguridad y nuestros ideales”. La hegemonía en el siglo XXI se jugará en el terreno económico, obviamente, pero también en el campo de las ideas morales y políticas. Y ahí es donde la combinación entre poderes blandos y duros, es decir, el poder inteligente (smart power) que ahora Hillary Clinton ha puesto en boga, puede dar a EE UU aquella superioridad que los neocons buscaron por los peores medios.